Qué
curioso, las noches de frío son en las que más nos duele la soledad. Eso mismo pensaba
Eugenia mientras se recostaba sobre su cama, cerraba los ojos y sus cabellos fluían
libres sobre las sabanas. De fondo, sonaba muy suavemente una vieja canción de
amor. Esa canción la hacía recordar. Sus mejillas se tornaban rojas, las
comisuras de sus labios comenzaban a dibujar una leve sonrisa y una lágrima
inesperada viajaba por su rostro.
Cuando
terminó de sonar la última estrofa, Eugenia abrió los ojos y se sentó en el
borde de la cama. Sacó de su mesita de noche un labial rojo junto a un pequeño
espejo y, con mucho cuidado, repasó sus labios. Bajó la cabeza, se agachó un
poco y tomó del suelo un gran álbum de fotos, lleno de recuerdos de las dos.
Con los ojos vidriosos, observó minuciosamente cada una de las fotografías,
reviviendo cada momento. Cuando llegó a la última de todas, una donde ambas se
abrazaban y se miraban con ojos de enamoradas, cerró el gran libro, lo besó y
lo abrazó con mucha fuerza; la extrañaba mucho. En ese momento, irrumpiendo en
la melancolía de los recuerdos, sonó el timbre.
Del
otro lado de la puerta alguien tarareaba esa canción. El corazón de Eugenia le
latía con fuerza; estaba por reventar. Levantó enérgicamente su cuerpo de la
cama, dejó sobre la mesita el álbum de fotos, tomó del cajón un revolver y,
lentamente, comenzó a caminar hacía su reencuentro.