“¡Qué
hermoso sería el mundo
si existiese una
regla para orientarse en los laberintos!”
Umberto Eco.
Tenía
7 años, estábamos con mi madre en un parque de diversiones en la costanera
cuando, de pura casualidad, descubrí, apartada de los demás juegos, una
habitación gigante. Justo en ese momento paso junto a nosotras un cuidador del
parque:
- ¿Qué hay en ese lugar? -le
pregunte al hombre, mientras mi madre me sostenía de la mano.
- Es un laberinto -me respondió
gentil el viejo-. Ya nadie entra ahí, los niños y las niñas hoy prefieren la
montaña rusa o los autos chocadores pero, si quieres, puedes pasar.
En ese momento mire a mi madre,
sus ojos me devolvieron una respuesta negativa pero, después de mucho
insistirle, desistió y me dejó entrar sola.
- Bueno hija -me dijo resignada-. Te espero en
el otro lado, cualquier cosa grítame, no tardes.
Entonces, con mucho miedo, pero
con una curiosidad irreversible, tragué saliva, apreté los puños, y entré,
sola, a lo desconocido.
Recuerdo esas pareces verdes y
los focos incandescentes en lo alto. En un inicio, me encontré con dos caminos
y di una vuelta a la izquierda pero, inmediatamente, me topé con una pared. Di
entonces media vuelta y seguí por el camino de la derecha; todo marchaba bien.
En un momento, cuando por fin comenzaba a avanzar y llevaba la mitad del
trayecto, sin que me lo viera venir, todas las luces, en una sincronía
perfecta, se apagaron de golpe.
La oscuridad se había vuelto
total; no sabía qué hacer. Fue la primera vez en mi vida que sentí miedo de
verdad, la soledad y el desconcierto habían invadido mi cuerpo; solo pude
sentarme a llorar en silencio. A pesar del miedo que sentía, no quería gritar.
En medio de mis sollozos pensé en mi madre y en lo preocupada que estaría si no
salía de esos pasadizos. Fue entonces cuando, en mi corta infancia, supe que mi
vida entera sería así. Tenía que hacer algo por más que no llegara a ninguna
parte, decidí ser valiente y afrontar eso que me estaba pasando, no quería
quedarme sentada a esperar que alguien viniera a buscarme. Levanté entonces mi
cuerpo del suelo, comencé a tantear las paredes e intenté, poco a poco,
avanzar.
No sé cuantos minutos pasaron,
parecieron años. Después de muchas idas y venidas, de golpes contra muros
imperceptibles, de frustrarme, justo cuando estaba a punto de rendirme y
resignarme, se hizo la luz y ante mis ojos apareció, por fin, la puerta de salida.
Todavía recuerdo el abrazó que le
di a mi madre y la fuerza con la que aguanté mis lágrimas. Estoy segura, segurísima,
que en ese momento descubrí que mi vida sería como ese laberinto. Poco a poco
vamos avanzando en infinitos pasillos y somos nosotros quienes los deben
elegir. Pero, a veces, las luces que nos guían se apagarán, estaremos perdidos
y sin saber qué hacer. En ese momento, cuando la oscuridad nos impida ver
nuestro camino, tendremos que decidir entre armarnos de coraje e intentar
encontrar un nuevo camino, sabiendo que quizás tampoco sea el correcto, o
sentarnos, sumisos en un rincón, a esperar que la luz vuelva o resignarnos a
que la muerte, siempre acechante, por fin, nos encuentre.
"Fue entonces cuando, en mi corta infancia, supe que mi vida entera sería así. Tenía que hacer algo por más que no llegara a ninguna parte, decidí ser valiente y afrontar eso que me estaba pasando, no quería quedarme sentada a esperar que alguien viniera a buscarme..."
ResponderBorrarLa vida es así y hemos de descubrir la salida o nos ahogaremos en el laberinto. Saludos.