jueves, 9 de septiembre de 2021

EL REENCUENTRO.

Qué curioso, las noches de frío son en las que más nos duele la soledad. Eso mismo pensaba Eugenia mientras se recostaba sobre su cama, cerraba los ojos y sus cabellos fluían libres sobre las sabanas. De fondo, sonaba muy suavemente una vieja canción de amor. Esa canción la hacía recordar. Sus mejillas se tornaban rojas, las comisuras de sus labios comenzaban a dibujar una leve sonrisa y una lágrima inesperada viajaba por su rostro.

Cuando terminó de sonar la última estrofa, Eugenia abrió los ojos y se sentó en el borde de la cama. Sacó de su mesita de noche un labial rojo junto a un pequeño espejo y, con mucho cuidado, repasó sus labios. Bajó la cabeza, se agachó un poco y tomó del suelo un gran álbum de fotos, lleno de recuerdos de las dos. Con los ojos vidriosos, observó minuciosamente cada una de las fotografías, reviviendo cada momento. Cuando llegó a la última de todas, una donde ambas se abrazaban y se miraban con ojos de enamoradas, cerró el gran libro, lo besó y lo abrazó con mucha fuerza; la extrañaba mucho. En ese momento, irrumpiendo en la melancolía de los recuerdos, sonó el timbre.

Del otro lado de la puerta alguien tarareaba esa canción. El corazón de Eugenia le latía con fuerza; estaba por reventar. Levantó enérgicamente su cuerpo de la cama, dejó sobre la mesita el álbum de fotos, tomó del cajón un revolver y, lentamente, comenzó a caminar hacía su reencuentro.

sábado, 4 de septiembre de 2021

Microrrelato #1

Encender el televisor y saber de antemano las malas noticias. Tener miedo y pararnos uno junto al otro. Vernos a los ojos un momento y sonreír. Abrazarnos con ganas y sentir en nuestros cuerpos una tranquilidad, que sabemos momentánea. Querernos tanto. Escuchar de fondo promesas vacías y sentir los números caer hasta lo más profundo. Hacernos los sordos y abrazarnos más fuerte. Volver a cruzar miradas y tener los ojos vidriosos. Besarnos y no querer soltarnos nunca. Regresar a los sonidos de un derrumbe. Llorar y secarnos mutuamente las lágrimas. Amarnos tanto. Amarnos tanto y ser felices, simplemente, con mirarnos un rato a los ojos.


viernes, 3 de septiembre de 2021

UN MUERTO FRESCO EN LA MEMORIA.

Tinder puede ser, a veces, en una herramienta muy útil. Augusto y Nicole, solamente, querían tomar una copa de vino con alguien, charlar, tal vez coger un rato y pasar una noche tranquila; ambos estaban tan solos. Habían conversado algunas veces e intercambiaban de vez en cuando algunos mensajes, pero era la primera vez que se veían en persona. Estaban en el departamento de él, un monoambiente hermoso cerca de barrió Candioti, sentados en la cocina comedor.

-¿Quieres que traiga un poco de vino? –le pregunto él, tímidamente.

-Me parece bien –respondió ella, con la voz un poco temblorosa.

Augusto se puso de pie, estaba dispuesto a buscar una botella que había dejado en el congelador media hora antes. Tenía muchas ganas de conversar con Nicole, pero los temas no se hacían presentes, no fluían. Les costaba mucho entrar en confianza. En ese momento, algo hizo detener en seco a Augusto, un frio le recorrió la espalda y lo hizo clavarse al piso; un suceso reciente, fresco todavía en su memoria, no lo dejaba tranquilo.

Nicole, todavía en su silla, notó algo extraño en su anfitrión.

-¿Te pasa algo? Estas pálido –le dijo, levantándose de su asiento-. Ven conmigo ¿Por qué no te sientas?

-Estoy bien, no te preocupes, fue un día largo –le respondió él.

-Algo te pasa, tal vez te haga bien hablar del tema. Si lo necesitas, acá estoy.

Augusto no había hablado del tema con nadie, era un hecho muy reciente en su vida. No estaba listo. Pero, al ver a Nicole a sus ojos verdes y seguir el recorrido de su rostro, algo se movió dentro de él. Comenzó a pensar las palabras justas y decidió contarle.

- Alejandro Rodríguez, mi mejor amigo murió ayer por la noche, salió en todos los noticieros de esta mañana.

Nicole se sorprendió enormemente. Sabía del caso, lo había leído en el diario, pero no sabía que fuera un amigo de Augusto, ni que estuviera muerto.

-Encontraron su auto abandonado por el norte –agregó él-. Creen que se escapó con su mujer. Ambos desaparecieron, se que su familia no quería a su pareja, pero él no era de los hombres que se fugan sin despedirse antes de su madre. Sé que está muerto, lo siento en el cuerpo.

Augusto empezó a llorar, era muy pronto para hablar del tema. Nicole, sin saber que hacer, se levantó de su silla y le dio un suave abrazo. La confianza comenzaba a surgir.

-Era como un hermano para mí -dijo él-. Desde los 5 años nos volvimos inseparables. Era buen mozo, seductor, elegante, morocho, ojos negros; era hermoso. Fue una lástima que se enamorara de esa mujer horrenda, que lo llevó por malos caminos. No quiso escucharme. Alejandro rechazó todas mis sugerencias a pesar del cariño que nos tuvimos siempre. Sé que iban a casar dentro de poco.

 -Ojala estés equivocado y los encuentren pronto –dijo Nicole, cabizbaja.

Ambos quedaron en silencio. Augusto miraba al techo y ella lo observaba, por primera vez, lo observaba.

-Argentina se está volviendo cada vez más peligrosa de noche, es una lástima –comentó ella.

-¿Quieres buscar algo de vino? Hay en aquel congelador –le dijo Augusto, señalando la otra punta de la habitación-, voy a buscar unas copas.

La noche podría haber terminado así, los dos disfrutando una buena botella de vino, escuchando algún disco, rogando por un error en la hipótesis prematura de Augusto.  Nicole se dirigió al congelador, ambos necesitaban un poco de vino, el ambiente estaba tenso, abrió cuidadosamente la puerta y dio un grito desgarrador, sus ojos no daban crédito a lo que veían. Fue en ese momento, al escuchar esos gritos, en que Augusto decidió levantarse, no darle tiempo a escapar y cerrar la puerta con llave.

 

jueves, 2 de septiembre de 2021

Historias de una anónima: Dar por sentado.

Las personas, muchas veces, cometemos el error de “dar por sentado”. Suponemos que el resto de los mortales conocen lo básico e indispensable para la vida. Damos por hecho que todos en este mundo sabemos conducir como corresponde, que disfrutamos por igual la obra de Borges, que universalmente podemos bailar cumbia sin perder el ritmo, que todos tuvimos acceso a la misma educación. Estas deducciones, casi siempre, acarrean problemas.

Hace algunos años, hubo en Santa Fe un gran incremento de casos de VIH y embarazos adolescentes en diferentes barrios de la ciudad.  Debido a esto, la municipalidad decidió enviar a un grupo de voluntarios, entre los cuales me encontraba, para concientizar a los jóvenes de estos sectores sobre el uso del preservativo y sus beneficios.

Era un sábado por la mañana, los municipales dieron a cada voluntario bolsos llenos de profilácticos y nos repartieron por diferentes sectores de la ciudad. Charlando más tarde entre colegas, coincidimos que era increíble el nivel de ignorancia sobre el tema, pero destacamos la cantidad de parejas interesadas en aprender sobre el tema.

Camine despacio hacia la primer casa y, como no tenía timbre, aplaudí fuerte. Casi de inmediato, salieron a mi encuentro dos jóvenes que me invitaron a pasar. Se llamaban Ana y Giovanni, ambos tenían 17 años.

- ¿Quieres un maté? –me preguntó el chico.

- No gracias –le respondí, aunque me moría por uno.

- Nos enteramos por la tele que iban a venir –comentó la muchacha- y que nos iban a traer algo.

- Justamente –comencé a decirles, con el tono más formal posible-. ¿Saben lo que son los anticonceptivos?

- Sí –respondió la mujer y volteó a ver a su pareja-. Sirven para no quedar embarazada de cualquier salame

- Esa es una de sus funciones –le dije-. Existen diferentes tipos, para las mujeres, por ejemplo, existen las píldoras que se toman todos los meses, los días…

- ¿Qué? ¿Tengo que tomarme una casi todos los días? ¿Vos estás loca nena?

- También vienen algunos para hombres. Justamente quiero hablarles de uno que, y esto es importante, también ayuda a prevenir enfermedades. Muy sencillo de usar y puede conseguirse gratis.

En ese momento, tomé un sobrecito del bolso junto una zanahoria que me había preparado, y se los enseñe. Ambos miraban atentos.

-¿Qué se hace con eso? –me preguntó curioso Giovanni.

Tomé entonces los objetos y le respondí:

-Esto funciona así, dentro de este pequeño envoltorio nos entontaremos con un pequeño “globito” de látex. Es importante abrir el sobre con los dedos para que no se rompa –abrí el sobrecito, se los enseñé y tome la zanahoria-. El primer paso es colocar el profiláctico sobre la punta, se presiona la pequeña burbuja de aire, de lo contrario puede romperse y lo desenrollamos. Este proceso debe realizarse antes de realizar el acto sexual y, una vez terminado, lo retiramos, realizamos un pequeño nudo y lo tiramos a la basura; es así de fácil. Cualquier consulta todos estos pasos se encuentran las en las cajas, no se preocupen.

-¿Y así de fácil no se tiene hijos? Nos viene perfecto –me respondieron ambos al unisonó.

Ambos me estrecharon la mano y me dieron las gracias, me ofrecieron reiteradamente mate pero tuve que rechazarlo, tenía que pasar por muchos hogares todavía. Les dejé una bolsa llena y les comenté que, si los terminaban, en algunos hospitales y dispensarios podían conseguirlos gratis. Me fui feliz, orgullosa de ambos y de mí misma, estaba haciendo algo que podía cambiar la vida a la gente.

*

Un año después, el municipio nos envió a realizar una suerte de evaluación de la campaña. Estaba muy entusiasmada, quería volver a verlos a todos. Como aquella mañana, comencé por la casa donde vivían Ana y Giovanni. Para mi sorpresa, me atendió la joven con un pequeño bebe prendido a su pecho.

-Gracias por venir otra vez, necesito consultarte algo. Creó que hicimos algo mal.

Me comentó que Giovanni ya no vivía con ella, se había escapado una noche y para siempre; nunca más volvió a verlo. Yo no sabía que decir y, luego de unos segundos de silencio, ella comenzó a llorar, desconsolada.

-¿Qué hicimos mal? Seguimos los pasos a la perfección.

-Puede que se haya roto el profiláctico – le respondí-, suele ocurrir algunas veces, pero es muy raro. Tal vez…

-¡NO! –Remató ella de un grito-. Nunca se rompió, nos mentiste. Hicimos todo lo que nos dijiste: abrimos siempre el sobre con los dedos, pusimos el preservativo en la punta de la zanahoria, apretamos la burbuja, lo desenrollamos, hicimos el amor, terminamos, le hicimos un nudo y lo tiramos a la basura. ¡Decime! ¿Qué hicimos mal?

Ambas nos quedamos en silencio. Ella abrazó a su bebe y yo, sin saber cómo explicarle su error, me juré para mis adentros que nunca más daría algo por sentado.

 

Historias de una anónima: Encrucijadas.

“¡Qué hermoso sería el mundo

si existiese una regla para orientarse en los laberintos!”

Umberto Eco.

 

Tenía 7 años, estábamos con mi madre en un parque de diversiones en la costanera cuando, de pura casualidad, descubrí, apartada de los demás juegos, una habitación gigante. Justo en ese momento paso junto a nosotras un cuidador del parque:

- ¿Qué hay en ese lugar? -le pregunte al hombre, mientras mi madre me sostenía de la mano.

- Es un laberinto -me respondió gentil el viejo-. Ya nadie entra ahí, los niños y las niñas hoy prefieren la montaña rusa o los autos chocadores pero, si quieres, puedes pasar.

En ese momento mire a mi madre, sus ojos me devolvieron una respuesta negativa pero, después de mucho insistirle, desistió y me dejó entrar sola.

-   Bueno hija -me dijo resignada-. Te espero en el otro lado, cualquier cosa grítame, no tardes.

Entonces, con mucho miedo, pero con una curiosidad irreversible, tragué saliva, apreté los puños, y entré, sola, a lo desconocido.

Recuerdo esas pareces verdes y los focos incandescentes en lo alto. En un inicio, me encontré con dos caminos y di una vuelta a la izquierda pero, inmediatamente, me topé con una pared. Di entonces media vuelta y seguí por el camino de la derecha; todo marchaba bien. En un momento, cuando por fin comenzaba a avanzar y llevaba la mitad del trayecto, sin que me lo viera venir, todas las luces, en una sincronía perfecta, se apagaron de golpe.

La oscuridad se había vuelto total; no sabía qué hacer. Fue la primera vez en mi vida que sentí miedo de verdad, la soledad y el desconcierto habían invadido mi cuerpo; solo pude sentarme a llorar en silencio. A pesar del miedo que sentía, no quería gritar. En medio de mis sollozos pensé en mi madre y en lo preocupada que estaría si no salía de esos pasadizos. Fue entonces cuando, en mi corta infancia, supe que mi vida entera sería así. Tenía que hacer algo por más que no llegara a ninguna parte, decidí ser valiente y afrontar eso que me estaba pasando, no quería quedarme sentada a esperar que alguien viniera a buscarme. Levanté entonces mi cuerpo del suelo, comencé a tantear las paredes e intenté, poco a poco, avanzar.

No sé cuantos minutos pasaron, parecieron años. Después de muchas idas y venidas, de golpes contra muros imperceptibles, de frustrarme, justo cuando estaba a punto de rendirme y resignarme, se hizo la luz y ante mis ojos apareció, por fin, la puerta de salida.

Todavía recuerdo el abrazó que le di a mi madre y la fuerza con la que aguanté mis lágrimas. Estoy segura, segurísima, que en ese momento descubrí que mi vida sería como ese laberinto. Poco a poco vamos avanzando en infinitos pasillos y somos nosotros quienes los deben elegir. Pero, a veces, las luces que nos guían se apagarán, estaremos perdidos y sin saber qué hacer. En ese momento, cuando la oscuridad nos impida ver nuestro camino, tendremos que decidir entre armarnos de coraje e intentar encontrar un nuevo camino, sabiendo que quizás tampoco sea el correcto, o sentarnos, sumisos en un rincón, a esperar que la luz vuelva o resignarnos a que la muerte, siempre acechante, por fin, nos encuentre.

 

 

Historias de una anónima: Desobedientes.

Durante décadas, las madres argentinas decían a sus hijos e hijas: “tengan cuidado con lo que hablan en la calle, lo más peligroso para quienes están en el poder son las ideas, los sueños y el conocimiento, mejor quédense adentro”.

Desperté esa noche en una planicie inmensurable, atravesada por una espesa niebla. No estaba sola, éramos muchos jóvenes, seguramente llenos de ideas, de sueños, de proyectos. Alguien, no sé quien, nos había atado las manos y dejado en ese lugar a nuestra suerte. Eran inútiles nuestros esfuerzos por zafarnos y nuestros gritos implorando que nos liberen, todos habíamos desobedecido a nuestras madres.

De pronto, ese mar de suplicas, de bullicios, de puteadas, se transformo en un silencio tenso; se escucharon ladridos. Ellos también estaban en la espesa niebla; esos hombres que siempre iban armados y disfrazados de “orden”.

Entonces todos, al unisonó, comenzamos a correr, desesperados; teníamos que escapar. Sabíamos que si lográbamos perdernos en la penumbra algún día volveríamos con más fuerza que nunca. Sabíamos que seríamos una parte crucial para la vuelta de la libertad; añorábamos ser un pueblo libre.

No recuerdo cuanto estuve corriendo, los minutos se convirtieron en días, en semanas, en meses, en años. Mis piernas ardían y mis pulmones estaban por explotar; necesitaba parar. Me detuve un segundo y fue en ese momento cuando sentí unos colmillos afilados perforar mi pierna izquierda; me habían atrapado. Sentí, en ese momento, un caminar lento y pesado a mis espaldas. Era un hombre, con un revolver en su mano derecha. Intente incorporarme pero ya era tarde, se paró frente a mí y sentí el frio metal en mi frente. Solamente cerré los ojos, pensé en mi hija y escuche un disparo.

Desperté sobresaltada, con el corazón por explotar. “La pesadilla de siempre” pensé. Encendí el velador, tomé del cajón una vieja foto de mi madre, la observé unos segundos y miré el reverso donde, siendo una niña, había escrito una frase muy chiquita: “Como te extraño mamá. A veces sueño que estoy en tu cuerpo, junto a todos tus amigos y amigas, espero que solo sea una pesadilla; espero que solo sea un mal sueño y que, algún día, vuelvas a casa”.

 

 

EL REENCUENTRO.

Qué curioso, las noches de frío son en las que más nos duele la soledad. Eso mismo pensaba Eugenia mientras se recostaba sobre su cama, cerr...